Luis Manuel Ferreras
Hay líneas que no deberían cruzarse. El boxeo es una de ellas. Sin embargo, en nombre del espectáculo y los “views”, los combates de exhibición se han ido normalizando hasta el punto de convertir el cuadrilátero en una tarima para la improvisación. Lo que comenzó como tendencia internacional hoy tiene eco en la República Dominicana, donde el boxeo no es entretenimiento ligero, sino disciplina, historia y orgullo nacional.
Lo ocurrido el pasado sábado en el Coliseo Carlos “Teo” Cruz no puede despacharse como una simple noche de show. Dos “influencers”, sin preparación ni trayectoria, fueron colocados en el ring ante cientos de personas que celebraban una exhibición pobre en técnica y cargada de riesgos. Diferencias evidentes de peso y edad, ausencia de fundamentos básicos y un público que confundía valentía con desorden. Eso no es boxeo. Es irresponsabilidad disfrazada de evento.
Uno de los participantes, el más joven, tuvo que abandonar exhausto, sin aire, prácticamente colapsado por el exceso de golpes lanzados sin técnica ni estrategia. ¿Y si el desenlace hubiese sido otro? ¿Y si en lugar de risas y aplausos hoy estuviéramos hablando de una tragedia? El boxeo no es un juego. Cada intercambio mal calculado puede dejar secuelas permanentes. Normalizar la improvisación es jugar con fuego.
No se trata de prohibir los combates de exhibición. Se trata de regularlos. De exigir supervisión médica rigurosa, evaluaciones físicas previas, reglas claras y responsabilidad organizativa. Subir a dos personas a golpearse sin garantías mínimas no es democratizar el deporte; es banalizarlo.
Más preocupante aún fue escuchar al “ganador”, eufórico, afirmar que estaba listo para seguir peleando esa misma noche si aparecía otro retador. Esa declaración, lejos de proyectar fortaleza, evidencia desconocimiento absoluto del riesgo que implica cada round. El ring no es una plataforma de popularidad ni un escenario para medir seguidores. Es un espacio que exige respeto, preparación y conciencia.
La República Dominicana ha construido una tradición boxística que ha dado resultados olímpicos y campeones que han puesto la bandera en alto. Convertir el cuadrilátero en un circo digital erosiona esa herencia. Las autoridades deportivas deben tomar cartas en el asunto antes de que el espectáculo nos pase factura. Porque cuando el aplauso premia la imprudencia, el próximo titular podría no ser de opinión, sino de luto.
